
Manuel Francisco Martínez García
Psicólogo
Profesor de Psicología Social
Universidad de Sevilla
Sevilla, España
Resumen
Trabajo publicado en (2005). "Manual de atención social del inmigrante", p. p.: 5981. Córdoba. Almuzara. ISBN: 8496416356.
La inmigración, desde el punto de vista del inmigrante puede considerarse como un fenómeno paradigmático del proceso psicológico de adaptación de las personas al medio dirigido a la satisfacción de sus necesidades. Este proceso comienza con la elaboración de un proyecto migratorio más o menos estructurado como alternativa a las oportunidades de vida del contexto local. Sin embargo, suele adquirir tintes dramáticos durante las primeras fases de ejecución de tal proyecto de vida -recuérdese a modo de ejemplo la tragedia de las pateras y cronificar su carácter de vulnerabilidad para los individuos en las llamadas sociedades de acogida, ya que casi nunca se muestran con las condiciones más favorables para el migrado. Y es que, como ya hemos referido anteriormente (Martínez, García & Martínez, 2004) la inmigración coloca a las personas en una situación de riesgo psicosocial al requerir de ellas un reajuste importante en casi todos los ámbitos de su vida: familiar, social, educativo, cultural, laboral, etc. Desde un punto de vista psicológico se trata de un período de desequilibrio personal y social por lo que se ha incluido dentro de las situaciones de estrés, en este caso, por choque cultural (Berry, 1997).
Los datos empíricos que nos proporciona la investigación especializada ponen de manifiesto que los factores que contribuyen al éxito (o fracaso) de un proyecto migratorio son numerosos y diversos. Algunos autores (Scott & Scott, 1989) distinguen entre factores personales y contextuales que actuarían, en sentido positivo o negativo tanto en el país de origen como en el de llegada (Figura 1). Entre los factores de riesgo de tipo personal hay que señalar la pérdida significativa de los recursos habituales que los sujetos disponen en su país de origen para hacer frente a sus necesidades, y que ahora tendrán que afrontar en condiciones desfavorables en una sociedad que suele ser culturalmente diferente. Cuando los inmigrantes abandonan su país experimentan un sentimiento de pérdida de lazos significativos en torno a los cuales estructuran sus vida (Vega et al, 1991), de signos y símbolos familiares de intercambio social (Furham, 1984) y se producen cambios importantes en la rutina de la vida diaria Furhan & Har Li (1993), etc. Cuanto mayor sea la distancia cultural entre la sociedad de origen y la de acogida, mayor será el esfuerzo adaptativo que debe realizar el inmigrante y mayor la probabilidad de percibir un desbordamiento y falta de control de las demandas ambientales en relación con los recursos disponibles.
La urgencia de encontrar trabajo, el desconocimiento del idioma, del sistema de valores y creencias, los reforzadores sociales, etc. de la nueva cultura, son también estresares o factores de riesgo significativos a los que se tienen que enfrentar de manera inmediata los inmigrantes (Martínez, García, Maya, Rodríguez & Checa, 1996; Kuo & Tsai, 1986; Padilla, et al. 1988). Durante la primera fase del proceso de asentamiento, la ausencia de estos recursos de comunicación y el desconocimiento del contexto social impide la satisfacción de necesidades esenciales y existen investigaciones que asocian este déficit con trastornos psicológicos como la depresión (Martínez, García & Maya, 2001; Furnhan & Har Li, 1993; Franks & Faux, 1990).
Como factores contextuales de riesgo se han descrito la situación de violencia o miseria crónica en origen, una legislación restrictiva en destino respecto de la regularización, el reagrupamiento familiar, etc. En este sentido, Portes & Rumbaut (1996) señalan que la integración social queda limitada por las condiciones estructurales de inclusión y participación en la vida social, política y económica que les ofrecen tanto la sociedad receptora como la de origen (pertenencia étnica reactiva). En este apartado nos vamos a centrar en primer lugar en el análisis de algunos factores contextuales que tiene que ver con las respuestas que los miembros de la sociedad de acogida elaboran en relación a la inmigración y los inmigrantes. Abordaremos la imagen social del inmigrante, las actitudes generales y específicas hacia este fenómeno de acuerdo con distintas metodologías de investigación, el conflictivo tópico de la aculturación, para finalizar con un modelo comprensivo para entender los procesos de formación de actitudes. En un segundo apartado describiremos distintas estrategias de intervención para reducir el prejuicio y mejorar las relaciones intergrupales, tanto a nivel grupal, institucional como comunitario.
El vertiginoso ritmo de los flujos migratorios ha hecho que las sociedades receptoras hayan transformado su tejido social de manera que personas de distinta raza, etnia, cultura o religión se han visto súbitamente implicadas en relaciones de interacción y convivencia cotidiana. Percepción de invasión de amenaza a los recursos materiales e identitarios, etc., por parte de la sociedad de acogida, pueden explicar, mas no legitimar ciertos comportamientos xenófobos y un discurso racista cargado de estereotipos y prejuicios hacia los inmigrantes. Nos referimos a los procesos de evaluación y categorización cognitiva que desarrollan los miembros de los países receptores como consecuencia de su contacto con otros grupos culturalmente distintos.
Las actitudes y los prejuicios son, sin duda, tópicos centrales en este ámbito de estudio. El prejuicio es una orientación socialmente compartida que se da en las relaciones intergrupales que determinan, a su vez, su intensidad y dirección. Es resistente al cambio, altamente inmune a las nuevas informaciones que lo cuestionan y se adapta a los diversos contextos, cambiando su expresión en función de la situación. El prejuicio es un complejo fenómeno que se refiere a cualquiera de las siguientes expresiones o a todas ellas (Ashmore, 1979; Oskamp, 1991; Brown, 1998): (1) mantenimiento de actitudes sociales o creencias cognitivas despreciativas, intolerantes, injustas e irracionales hacia otro grupo de personas; (2) expresión de afecto negativo hacia el exogrupo; y (3) manifestación de conductas hostiles o discriminatorias hacia los miembros de un grupo por el hecho de pertenecer a él.
Algunos estudios (Oskamp, 1991; Schuman et al., 1997) han analizado la evolución de este fenómeno y han puesto de manifiesto que las actitudes de la mayoría de la población han evolucionado hacia una menor negatividad en la evaluación del exogrupo, defendiéndose principios igualitarios y condenando estereotipos negativos sobre los individuos y las políticas de segregación. Sin embargo, la ausencia de actitudes negativas no se corresponde con respuestas de apoyo a políticas dirigidas a conseguir igualdad entre los grupos. En consecuencia, el cambio de actitudes, por ejemplo hacia la inmigración, es más aparente que real y refleja la existencia de un enmascaramiento de actitudes racistas y/o xenófobas. La evidencia de que las personas que manifiestan rechazar el racismo lo aceptan de forma latente (Pérez, 1996) pone de manifiesto la aparición de nuevas formas de expresión del prejuicio y nuevas formas de comportamientos racistas y xenófobos. Algunas de estas formas son el racismo sutil (Pettigrew y Meertens, 1995; racismo simbólico (McConahay, 1986) y racismo de aversión (Dovidio y Gaertner, 1986), etc.
Los racistas simbólicos, que se han socializado en la tradición del racismo institucional, defienden a ultranza los valores tradicionales y piensan que el exogrupo no respeta estos valores, aprovechándose del estado del bienestar a cambio de casi nada. Así, por ejemplo, los inmigrantes están exigiendo demasiado y quieren ubicarse socialmente donde no se les quiere, por lo que sus tácticas y demandas son injustas y los beneficios que obtienen inmerecidos. Si por un lado defienden los principios igualitarios valorados socialmente, por otro experimentan sentimientos negativos hacia el exogrupo. Este conflicto cognitivo es superado al justificar sus sentimientos negativos, recurriendo a explicaciones de tipo simbólico y abstracto como los inmigrantes violan los valores tradicionales de la sociedad.
En el prejuicio sutil (Pettigrew & Martín, 1987) los individuos defienden también los valores tradicionales de la sociedad y piensan que los grupos minoritarios no los respetan. Exageran las diferencias culturales intergrupales - son personas completamente distintas y si bien no manifiestan sentimientos negativos hacia ellas, les niegan respuestas emocionales positivas -. De acuerdo con la escala de valoración, las personas se clasifican en igualitarias, sutiles y fanáticas. Por su parte, en el racismo aversivo (Gaertner y Dovidio, 1986) las personas oscilan entre conductas positivas y negativas hacia los miembros del grupo objeto del prejuicio en función de las características de la situación. En contextos donde las normas sociales desaconsejan la manifestación del prejuicio (coloquio en TV sobre la inmigración), la respuesta que se da es positiva y se actúa de acuerdo con los principios igualitarios. En cambio, en situaciones en que las normas sociales no están tan claras, estos sujetos manifiestan sentimientos negativos y emiten, casi de manera inadvertida para ellos mismos, respuestas de carácter negativo.
Veamos a continuación cómo se manifiestan en la sociedad de acogida algunos de estos fenómenos de interés en el fenómeno migratorio desde la perspectiva de la percepción social.
Algunos de los determinantes que inciden en la configuración de la imagen social del inmigrante y en la creación de opiniones y actitudes prejuiciosas están vinculados al hecho de que la inmigración y las problemáticas sociales, económicas, políticas, etc., han pasado a ocupar un lugar destacado en los medios de comunicación de masas. Sin embargo, existe un filtrado intencional de los medios, ya que sólo va a aparecer aquello que es noticia o interesa en un momento concreto. La ideología y los prejuicios de los redactores -y del propio medios - son variables relevantes en ese proceso de filtración tan característico de esta forma particular de construir la realidad. Los medios interpretan la realidad, construyen verdades y, por tanto son transmisores de la ideología dominante.
El tratamiento que se hace en los medios de la inmigración es multipolar - radio, televisión prensa, Internet, etc. - y aunque hay un cierta tendencia a vincular de manera positiva este fenómeno en la diversidad multicultural, en general la información es demasiado eurocéntrica (Lorite, Gutiérrez, Bertrán & Mateu, 2004) y sesgada desde la perspectiva de la ideología dominante en la sociedad de acogida. Hay muchas más noticias con connotaciones negativas que positivas, y frecuentemente relacionan inmigración con delincuencia, paro, prácticas discriminatorias hacia la mujer, invasión, pérdida de la identidad cultural, etc. Gualda, Montes & Piedra (2004), tras analizar la prensa local de Huelva -textos y fotografías - durante 2001, describen la invisibilidad mediática de la población extranjera en los períodos en los que no se desarrolla la campaña agrícola. Además, encuentran ciertas pautas respecto al tipo de temas e imágenes elegidas para su publicación: se transmite un perfil de extranjero como fuente de problemas y conflictos, o instrumental en relación al mercado de trabajo.
En esta misma línea, Gifreu, Ruiz, Cirbella, Gómez & Pérez (2004) han estudiado recientemente la formación de una imagen pública de la inmigración a través de la televisión. Al analizar el rol desempeñado por el inmigrante en las distintas noticias, encuentran casi nula la representatividad pública del mismo, ya que sobre el conjunto de tipologías analizadas (político - institucional, social, profesional o personal) sólo un 2% de ellas corresponde a una tipología pública. En relación con los roles narrativos, cuando el protagonista es un español que ayuda a un inmigrante por iniciativa propia o por una demanda específica, generalmente tiene éxito en su acción, en caso de no ser así se justifica por la existencia de leyes restrictivas o de la propia cultura racista al uso.
Por el contrario, cuando el protagonista es un inmigrante que actúa para obtener un bien propio o para ayudar a otro (inmigrante o español), se suele hacer una atribución de causalidad negativa hacia el inmigrante, ya que actuaría con engaño, seducción y/o manipulación en el primer caso, o como una historia habitual de fracaso, en el segundo. Estos autores adelantan algunas conclusiones sobre la imagen del inmigrante en los medios: (1) tiene una desigual visibilidad; (2) se presenta como un personaje con tara, es decir, siempre le falta algún atributo de los que configuran el héroe prototípico; y (3) si bien el conflicto intergrupal (con españoles) no aparece de forma directa, se insinúa por medio de una imagen del inmigrante como lastre - no sustrae pero tampoco aporta, como simulador -recurre a la manipulación y engaño frente al español para lograr sus objetivos, o como víctima con grandes carencias y problemas de diversos tipos.
Cada vez son más frecuentes este tipo de investigaciones, y si bien todavía no se conoce de forma precisa el papel jugado por los medios de comunicación en la configuración de las actitudes y prejuicios, sin duda es un papel importante y que explica en parte los datos que se presentan en el siguiente apartado.
Actitudes y prejuicios hacia la inmigración
La técnica de encuestas aplicada periódicamente por agencias especializadas en la población general, es uno de los procedimientos habituales para evaluar las actitudes de la población receptora hacia el fenómeno migratorio. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y el Observatorio Europeo sobre Racismo y Xenofobia, proporcionan periódicamente datos en relación a estas cuestiones. Sin embargo, el primer análisis de interés sobre las actitudes de los españoles hacia la inmigración proviene de la explotación de las encuestas realizadas por el CIRES de 1991 a 1997 y que dio lugar a una publicación del IMSERSO (1998) en su colección Observatorio Permanente de la Inmigración. En este estudio se abordaba la opinión de los españoles sobre la repercusión que los inmigrantes tienen en la vida social española (paro, cultura, racismo y xenofobia) y la importancia de su integración en nuestra sociedad. Utilizando un índice de xenofobia elaborado ad hoc, se constató que desde 1991 hasta 1997 los españoles mostraban un nivel bastante bajo de xenofobia y/o racismo hacia los inmigrantes. Sin embargo, ya se presumía un enmascaramiento de las actitudes negativas de los españoles hacia la inmigración y los inmigrantes, que se explicaba con base en el escaso número de inmigrantes que había en España y el nulo apoyo a las opiniones o comportamientos xenófobos y racistas por parte de los medios de comunicación y de los líderes de opinión en general.
En febrero de 2000, el CIS informaba que casi al 20% de las personas entrevistadas les importaría tener como vecinos o compañeros de trabajo a un inmigrante, y que el 24,1% consideraba la inmigración un fenómeno negativo. Dos años más tarde, en el barómetro de junio (CIS, 2002), al 25, 5 % de los entrevistados no le gustaría nada que sus hijos compartieran colegio con niños inmigrantes y el 28,9% seguía viendo la inmigración como negativa. Sin embargo, la negatividad perceptiva respecto de la inmigración deviene sobre todo de que cerca del 49% de los españoles encuentra relación entre inseguridad, ciudadana e inmigración y a que de 1991 a 2004 se ha pasado de un 29% a un 53, 3% en relación con los españoles que perciben como demasiado el número de personas procedentes de otros países que viven en España.
Desde otra perspectiva metodológica, Martínez et al. (1996) evaluaron las actitudes sociales de los andaluces hacia los inmigrantes, utilizando como método exploratorio el discurso social en varios grupos de discusión en función de la edad, el área geográfica, el género y el rol social. Algunos de los resultados más importantes fueron: (1) sentimientos ambivalentes en los empresarios almerienses (beneficios vs. problemas); (2) para las trabajadoras y amas de casa de Almería, el exceso de inmigrantes era la causa de los problemas de vivienda y delincuencia, y no percibían beneficio alguno; (3) para las amas de casa de Sevilla el inmigrante era un necesitado, aunque no tenían una buena imagen de los marroquíes; (4) algunos pescadores percibían competencia en el mercado de trabajo, mientras que otros reclamaban solidaridad de clase; (5) los jóvenes percibieron consecuencias sociales negativas en el área de la seguridad ciudadana y en la competencia por el trabajo.
Rebolloso et al. (2001), aplicando la misma técnica de recogida de datos, comprobaron la utilidad de analizar las actitudes racistas mediante el sistema conceptual del nuevo racismo descrito anteriormente. Destacan la presencia en Almería tanto de racismo manifiesto, percepción de amenaza e invasión, historia de conflictos con Marruecos, etc., junto con manifestaciones de prejuicio encubierto: negación de la discriminación, falta de integración a nuestras normas y valores, y expresión de sentimientos moderadamente negativos hacia los inmigrantes. Los autores interpretan estos resultados como una forma de legitimar las situaciones de desigualdad existentes (vivienda, condiciones laborales, etc.) y conservar el status quo y privilegios por parte de la población autóctona.
Navas (1998), al aplicar la Escala de Racismo Moderno (McConahay, Hardee y Batts, 1981) a una muestra de residentes en Almería, encontró percepción de amenaza a los principios de igualdad y justicia, y negación del problema del prejuicio y discriminación. Sin embargo, en contradicción con los estudios anteriores, encontró niveles relativamente bajos o moderados de prejuicio hacia los inmigrantes magrebíes. La diferente composición de las muestras puede explicar estas divergencias. En esta misma línea metodológica, Moya & Rodríguez Bailón (2002) constataron en dos muestras de estudiantes (bachillerato y universidad) prevalencia general del prejuicio simbólico frente al prejuicio clásico hacia los magrebíes respecto de los sudamericanos. Los autores lo justifican también con base en la percepción de amenaza hacia los valores y la cultura en general, más que a intereses materiales concretos, y a que existen diferencias sustanciales entre su propio sistema de valores y el que atribuyen a los inmigrantes.
Dada la importancia que tienen estas nuevas formas de percibir, sentir y comportarse de la población autóctona respecto de los inmigrantes, y teniendo en cuenta que la situación (localidad, tipo y número de inmigrantes, experiencia previa, mercado laboral local, etc.) matiza la forma y la intensidad del prejuicio, se hace indispensable un conocimiento preciso de las mismas al plantearnos acciones para la integración comunitaria de esta población.
La aculturación es un constructo psicosocial que fue definido por primera vez por Redfield, Linton & Herskovits (1936) como aquellos cambios que se producen en los grupos humanos con diferentes culturas cuando entran en contacto. Es, por tanto, un indicador del necesario esfuerzo adaptativo que deben hacer los miembros de ambos grupos para lograr relaciones intergrupales satisfactorias. Sin embargo, y dado que los grupos que entran en contacto suelen ser asimétricos -respecto del número, el poder y los recursos - la aculturación se convierte en un punto de general desencuentro en las relaciones intergrupales, pues posiciona a las personas acerca de qué grupo (inmigrantes vs. sociedad de acogida) tiene que hacer el mayor esfuerzo adaptativo.
Si bien es cierto que algunos cambios se hacen indispensables en los inmigrantes por el hecho asentarse en un nuevo contexto, otros son más discutibles por estar ligados a distintas manifestaciones culturales de satisfacer ciertas necesidades. Es en este punto donde puede aparecer el conflicto por creencias, valores o prácticas de la sociedad de acogida, y a veces, incluso, con la propia legislación. Un buen ejemplo de lo que estamos diciendo son los acontecimientos ocurridos hace unos años en el Colegio de las Concepcionistas de San Lorenzo del Escorial, cuando las religiosas, basadas en las supuestas normas del centro, prohibieron a Fátima cubrir su cabeza con el chador de su cultura. La familia se opuso a esta decisión y quiso ejercer su derecho a la educación y a sus costumbres. La polémica, que trascendió de forma importante a los medios de comunicación, estaba servida.
Berry (1997) formula un primer modelo de aculturación basado en que los inmigrantes asentados en la nueva sociedad deben enfrentarse a dos decisiones cruciales en sus vidas: (1) decidir si su propia cultura es un valor a mantener en el nuevo contexto y (2) si van a establecer relaciones con los miembros de la sociedad de acogida. La combinación de estos dos elementos da lugar a cuatro posibles estrategias de aculturación: (1) asimilación, en la que los individuos rechazan su cultura de origen y tratan de llegar a ser un miembro más de la nueva cultura; (2) separación, la cual implica que los individuos desean mantener la cultura original y al mismo tiempo evitan la interacción con el otro grupo cultural; (3) marginación, esto es, al poco interés de los inmigrantes por mantener su propia cultura o establecer relaciones con el exogrupo se añade un contexto adverso que favorece procesos de discriminación y/o exclusión social; y (5) integración, en la que los individuos desean tanto mantener su cultura original como establecer contactos y aprender acerca de la nueva cultura. Más tarde, Berry (2001) ha incorporado al modelo la perspectiva de los miembros de la sociedad de acogida como elemento revelante para comprender el proceso de aculturación. (Gráfico 2).

Teniendo como punto de partida este modelo, Navas et al. (2002, 2004) han realizado un estudio en autóctonos e inmigrantes en seis poblaciones de alta recepción de inmigrantes en Almería sobre actitudes generales de aculturación y su relación con el nivel de prejuicio. Entre otros resultados encuentran que la intensidad del prejuicio experimentado por los autóctonos independientemente de cómo se presente (manifiesto o sutil) se relaciona con el tipo de actitud hacia el proceso de aculturación de los inmigrantes: puntuaciones altas en prejuicio se asocian a exclusión y segregación, mientras que las más bajas con integración y en algunos casos con asimilación. Además, los inmigrantes eligen estrategias de aculturación diferente dependiendo del ámbito de la vida de que se trate.
Los medios de comunicación han reflejado también los aspectos más polémicos de la necesaria adaptación mutua para la coexistencia en armonía de diversas culturas. Díaz (2002), por ejemplo, se refiere al polémico debate que surgió sobre el concepto de multiculturalismo a raíz de una publicación de Azurmendi -que llegó a ser presidente del Foro para la Inmigración sobre los acontecimientos del Ejido, o de un artículo aparecido en El País a comienzos del 2002 -. Pensar que el multiculturalismo es en la actualidad una confusión teórica y entenderlo como la coexistencia en un estado democrático de culturas no democráticas, le lleva a categorizarlo como una gangrena fatal para la sociedad democrática. En esa misma línea, Giovanni Sartori tuvo también una fuerte entrada en la polémica (Díaz, 2002), pues en su sociedad multiétnica pone de relieve la paradoja del multiculturalismo: ¿cómo puede una sociedad acoger sin disolverse a enemigos culturales que la rechazan? Igualmente, Herman Tertsch, en un artículo de El País publicado en febrero de 2003, apoya las tesis de Azurmendi al entender como una bomba de relojería a medio plazo, la falta de voluntad de adaptación de los inmigrantes a las leyes, reglas y normas de la sociedad anfitriona. Como reflejo en la sociedad española de esta polémica podemos referenciar que en la encuesta periódica del CIS sobre inmigración, cuyos resultados aparecieron en junio de 2002, el porcentaje de españoles que opinaba que los inmigrantes debían olvidar su lengua y sus costumbres alcanzaba un 28%.
Los derechos de los inmigrantes en la sociedad de acogida es otro de los temas calientes vinculado a los procesos migratorios. Las políticas públicas no sólo se definen en relación con el control de flujos, sino también sobre al acceso de los inmigrantes a la ciudadanía, a la nacionalidad y, por tanto, a los derechos que de ello se derivan. Las actitudes y prejuicios de los autóctonos que se han descrito en párrafos anteriores pueden estar condicionando sus actitudes hacia las políticas públicas sobre inmigración, ya que el significado social de las mismas viene determinado por la naturaleza de las relaciones intergrupales más que por el contenido de las mismas.
De acuerdo con las encuestas del CIS de 2002 y 2003, cerca del 87% de los españoles creía que toda persona debería tener libertad para vivir y trabajar en cualquier país, aunque no fuera el suyo. Sin embargo, cuando ese criterio se plasma en una pregunta concreta sobre política de flujos, es aproximadamente ese mismo porcentaje (85%) de españoles el que limita esa libertad al apoyar para España una política de acceso condicionado a aquellos extranjeros que tengan contrato de trabajo. Por su parte, el porcentaje de españoles que apoya la opción de facilitar la entrada a los inmigrantes sin poner restricciones ha descendido del 20% en 1996 al 7,2% en mayo de 2004. Comparando estos resultados con los ofrecidos por el eurobarómetro, Valles, Cea & Izquierdo (1999) observaron que existe una tendencia a la convergencia en las opiniones de los miembros de la Unión Europea sobre las políticas migratorias, aunque los sentimientos de xenofobia están más amortiguados y las políticas de control de flujos cuentan con menos apoyo entre la población autóctona de los países que tiene una menor tradición inmigratoria.
Algunas investigaciones han analizado los predictores de las actitudes de la población autóctona hacia las políticas migratorias dirigidas a incentivar el regreso de los inmigrantes a sus países de origen. Según Jackson et al. (2001), estas políticas se empezaron a adoptar por la mayoría de los gobiernos del oeste europeo para afrontar la crisis económica que comenzó a mediados de los setenta. En ellas se favorecen los derechos y privilegios de los miembros de las sociedades receptoras, grupo racial y étnico dominante, frente a los derechos humanos y privilegios de los inmigrantes, casi siempre miembros de exogrupos racial y étnicamente subordinados.
A partir de un estudio transnacional sobre las políticas migratorias en Europa, Jackson et al (2001) proponen un modelo comprensivo que predice las actitudes de los autóctonos hacia las políticas que favorecen el retorno de los inmigrantes. El modelo establece como predictores actitudinales los intereses personales y grupales en relación a los recursos percibidos y tangibles, la amenaza percibida derivada de las creencias y estereotipos sobre los inmigrantes, y los sentimientos grupales vinculados al prejuicio y racismo. De acuerdo con los autores, estarían a favor de medidas que favorecen el retorno de los inmigrantes: (1) los sujetos casados, de menos ingresos, de ideología conservadora, que puntúan alto en orgullo nacional y los que no tienen familiares en los exogrupos; (2) los sujetos que puntúan alto en percepción de invasión y limitaciones a la aceptación de inmigrantes, conciencia de las dificultades por las que atraviesan los inmigrantes y en la valoración de su contribución a la sociedad y (3) los sujetos que puntúan más alto en la escala de racismo. Además, estos resultados fueron similares en los 15 países en los que se llevó a cabo el estudio. Las diferencias entre los mimos pueden ser explicadas por el contexto social, cultural y político de cada país y la historia específica de interacciones entre grupos dominantes y subordinados.
En resumen, la aceptación o el rechazo por parte de los miembros de la sociedad de acogida de las políticas migratorias institucionales depende de la acción conjunta de la propensión individual hacia el prejuicio grupal y de los significados socialmente compartidos sobre la inmigración.
Si analizamos de manera conjunta lo referido en párrafos anteriores, podemos presentar como hipótesis que en el fondo de todos esos procesos subyacen una serie de fenómenos psicosociales que se dan en las relaciones intergrupales. En concreto, las relaciones entre sociedad receptora e inmigrantes pueden explicarse desde las teorías del conflicto intergrupal (Campbell, 1965; Sherif, 1966), la de la identidad social (Tajfel & Turner, 1979) y en general, aquellas otras que asignan un papel central a la amenaza percibida o al deseo de mantener el status en las relaciones intergrupales. De acuerdo con la primera, cuando dos grupos compiten por metas o recursos supuestamente incompatibles (puestos de trabajo, ayudas sociales, identidad social, etc.) se observa que el conflicto subyacente trae consigo el deterioro de las imágenes mutuas (estereotipos negativos sobre los inmigrantes), discriminación y hostilidad intergrupal.
La identidad social implica procesos de categorización grupal (español vs. inmigrante) y una acentuación de los estereotipos, favoreciendo un sentido de distintividad positiva hacia el propio grupo. Una estrategia para lograr o mantener esta distintividad positiva es limitar las oportunidades tanto de los otros grupos como de sus miembros. En el caso de la inmigración es evidente que sólo el grupo que representa la sociedad de acogida (grupo dominante) puede ejercer esa estrategia dificultando el acceso a la cultura, al poder, a los recursos, etc.
Por último, la percepción de competitividad grupal puede ser también explicada en función la orientación de la dominancia social, es decir de cómo los individuos ven el mundo en general. Aquellos que perciben más intensamente como legítimo que el endogrupo (sociedad de acogida) debe tener prioridad en el acceso a los recursos en relación con el exogrupo (inmigrantes), experimentarán mayor estrés por los recursos y consecuentemente exhibirán reacciones más negativas hacia los inmigrantes.
A partir de estos presupuestos y de sus datos empíricos, Esses et al. (2001) ha propuesto un modelo de conflicto grupal. El estrés originado por unos recursos percibidos como escasos y la saliencia de una potencial competitividad exogrupal (inmigrantes) determinan percepciones de competencia grupal y el desarrollo de estrategias para suprimir la fuente de competición. Estas percepciones pueden adoptar la forma de creencias del tipo suma cero, es decir creencias de que lo que reciben los inmigrantes es a costa y en detrimento de los miembros de la sociedad de acogida. El modelo propone además que las actitudes y la conducta hacia el exogrupo competidor reflejan los intentos estratégicos para eliminar la fuente de competitividad y se puede manifestar por menosprecio, evitación y discriminación del exogrupo: actitudes y atribuciones negativas hacia los miembros del exogrupo, oposición y discriminación hacia políticas y programas que los puedan beneficiar, aumento de la distancia intergrupal, o reducción de la saliencia de los mismos.
El análisis que se ha efectuado en párrafos anteriores sobre algunos factores determinantes del proceso de adaptación mutua entre población inmigrante y de acogida, posibilita el desarrollo de estrategias de intervención social encaminadas a optimizar las condiciones en las que se da esa adaptación. En este apartado se aborda de forma resumida una serie de estrategias que, desde distintas ópticas interventivas, se orientan a minimizar los sesgos categoriales en la práctica profesional con grupos minoritarios, a mejorar las relaciones intergrupales, y a combatir el racismo desde el ámbito institucional y comunitario.
En las sociedades actuales se hace cada vez más patente la presencia de grupos multiculturales muchos de los cuales son subsidiarios de ayuda debido a su situación de vulnerabilidad. Todos somos seres culturales y nuestras experiencias vitales se perciben y se conforman desde nuestra específica perspectiva cultural. Por ello, se hace imprescindible contar con actuaciones encaminadas a incorporar los valores de la diversidad humana en las actitudes y las prácticas de los diversos profesionales de la intervención social.
Conscientes de estos hechos, algunas asociaciones profesionales han constituido grupos específicos de trabajo que diseñan estrategias y directrices prácticas para ayudar a incorporar los temas de diversidad en la formación, entrenamiento, investigación, práctica, etc. de sus profesionales. Una práctica verdaderamente inclusiva por parte de los profesionales de la intervención social debe regirse por una serie de principios relacionados con el uso del lenguaje que refleje constructos cultural e ideológicamente determinados, con resaltar las fortalezas de los grupos minoritarios más que su rasgos diferenciales o déficit, con la simplificación de la realidad a través del usos de tests, cuestionarios, etc. porque aísla a la persona de su contexto social., etc. (Trimble, Stevenson & Worell, 2003). La guía sobre tratamientos psicológicos para minorías étnicas promovida por el Consejo Nacional de Asociaciones Psicológicas para el Avance de los Intereses de las Minorías Étnicas (APA, 2003) es una buena muestra de adaptación cultural de la intervención psicológica dirigida a población latina, negra, india y asiática.
Con un carácter más general, la Asociación Americana de Psicología (APA, 2002) ha redactado un documento en el que establece una serie de directrices a seguir por los psicólogos para una práctica profesional multicultural, que podía extenderse a otros profesionales de la intervención social. Entre tales directrices están: (1) reconocer que, como seres culturales, se pueden sostener actitudes y creencias que perjudican la percepción y la interacción con individuos y grupos de raza/etnia distinta de la propia; (2) reconocer la importancia de la sensibilidad/receptividad cultural, y el conocimiento y la comprensión de personas étnica y/o racialmente diferentes; (3) como educadores, se anima a los psicólogos a emplear constructos de multiculturalismo y diversidad en la educación psicológica; (4) se insta a los investigadores a reconocer la importancia de realizar investigaciones éticas y centradas en lo cultural entre personas pertenecientes a grupos étnicos minoritarios; (5) los psicólogos deben esforzarse en aplicar habilidades culturalmente apropiadas en las prácticas clínicas, así como en las demás prácticas psicológicas; y (6) se anima a los psicólogos a potenciar políticas, prácticas y procesos de cambio organizacional, sensibles a la diversidad cultural.
Las estrategias de intervención que abordan el prejuicio y el racismo tienen como objetivos fundamentales prevenir y atajar cualquier forma de discriminación y la mejora de las relaciones intergrupales, que en el caso que nos ocupa se concreta en mejorar la convivencia entre los inmigrantes y la sociedad receptora. El rechazo moral de cualquier forma de discriminación legitima, por otra parte, el intento de averiguar cómo eliminar, o en su caso disminuir, el prejuicio y el racismo en sus diversas manifestaciones (Martínez, 1996).
En el ámbito de Psicología Social, la creencia de que la mejor forma de reducir la tensión y la hostilidad entre los miembros de dos grupos es ponerlos en contacto, ha tenido un amplio respaldo empírico ya desde los primeros trabajos de Allport (1968). Sin embargo, no todas las situaciones de interacción intergrupal mejoran las actitudes y conductas recíprocas y conducen a una disminución del prejuicio. Allport (1968) describió aquellas dimensiones del contacto grupal que determinaban sus resultados: (1) dimensión cuantitativa: duración, frecuencia, número sujetos, etc.; (2) clima social: positivo, casual, obligado, etc.; (3) roles desempeñados: cooperativo, de subordinación, etc.; (3) status relativo de los sujetos; (4) prejuicios previos: dependientes de su educación, edad, experiencia de contacto y (6) ámbitos del contacto: comunitario, educativo, laboral, etc.
La evaluación de los programas y los resultados de la investigación han puesto de manifiesto que son condiciones favorables para el contacto aquellas en las que existe igualdad de status entre los miembros de los dos grupos, un clima social positivo, donde los contactos son íntimos, agradables y gratificantes, etc. Además, en el diseño de programas de intervención basados en este modelo se debe tener en cuenta que los contactos programados han de contar con el apoyo de las normas sociales, demostrar la falsedad de los atributos de los estereotipos (especialmente los referidos a los inmigrantes), propiciar relaciones de cooperación para metas comunes y promover la individualización del grupo minoritario (Cook, 1978). Campamentos de veranos para niños de distintas culturas, familias autóctonas que ayudan a familias inmigrantes en el contexto comunitario, alumnos del barrio que ayudan a alumnos de nueva incorporación en la escuela, etc., son algunas estrategias que pueden dar resultados positivos.
Desde el ámbito institucional se pueden desarrollar acciones que cambien la estructura en la que tienen lugar las relaciones intergrupales para lograr que éstas tengan consecuencias positivas para los individuos (Brown, 1998). Se puede y se debe sancionar el comportamiento xenófobo o discriminatorio; se puede obligar a personas e instituciones a conducirse de forma igualitaria a través de normas o leyes y, en definitiva, se puede propiciar desde la administración un clima social tolerante. En esta línea se dirigen las acciones afirmativas, cuotas de acceso y políticas de apoyo a la formación de grupos minoritarios, el empleo de criterios de desagregación como el apoyo político, la eliminación de ambientes competitivos en la escuela, o las distintas directrices europeas vinculadas al ámbito laboral.
En relación con este último aspecto, la Unión Europea ha desarrollado amplias medidas para erradicar el racismo y la xenofobia, para así garantizar la integración y normal convivencia de los ciudadanos con independencia de su origen, cultura o color. Especialmente relevante es la Estrategia Europea para el Empleo, que mediante el fomento de buenas prácticas en el lugar del trabajo, la creación de nuevas estructuras locales para la inclusión o el aprovechamiento del potencial creador de las empresas étnicas, pretende dar a los inmigrantes más oportunidades para integrarse en el mercado de trabajo. A partir del estudio realizado en 1996 por la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo, en el que se recogían pruebas de las formas de discriminación en el mundo laboral, los Estados Miembros comenzaron a desarrollar medidas especiales de acción positiva dirigidas a los inmigrantes y las minorías, entre las que destacan: (1) servicios de información y asesoría al emigrante; (2) enseñanza de idiomas; (3) formación profesional y pre-profesional para grupos de inmigrantes; (4) ayuda para el autoempleo; (5) ayuda en la búsqueda de trabajo y formación del personal de las agencias de empleo; (6) concienciación de los empresarios, etc.
Las iniciativas comunitarias europeas dan cobertura a estas acciones dirigidas a reducir las diferencias de nivel de desarrollo entre sus regiones y a promocionar la igualdad de oportunidades en materia de empleo entre los diferentes grupos sociales que la componen. En particular, la iniciativa EMPLEO adopta una aproximación proactiva al problema de la exclusión del mercado de trabajo, favoreciendo una serie de medidas que en su conjunto constituyen una vía hacia la integración. A partir de 1996 se financian proyectos INTEGRA, que promueven nuevas vías hacia el empleo para grupos con mayor riesgo de exclusión, en especial, inmigrantes, refugiados y otros grupos similares que se enfrentan cada vez más a la discriminación negativa, al racismo y la xenofobia (Unión Europea, 1997; Unión Europea, 2001). Desde 2002 la iniciativa comunitaria EQUAL ensaya nuevas formas de lucha contra la discriminación y la desigualdad sufridas por los que disponen de un empleo precario o carecen de él.
Se propone, además, una nueva forma de trabajo cooperativo en el diseño e implementación de proyectos de intervención por medio de la creación de agrupaciones de desarrollo. La perspectiva de la diversidad se hace presente en estas coaliciones, pues en ellas deben estar representados y participar activamente todos los grupos y agencias sociales interesados y/o implicados en el los objetivos del proyecto. En Andalucía, el proyecto EQUALARENA ha sido diseñado por la agrupación de desarrollo Mosaico, una las nueve coaliciones que se han constituido en España para el período 2002 - 2004 dentro del área temática de lucha contra el racismo y la xenofobia en el mercado de trabajo. La finalidad de ARENA -nombre que se le ha dado al proyecto - es fomentar la participación en igualdad de la población inmigrante en Andalucía. Para lograrlo pretende:
1. Crear recursos/ herramientas específicos que faciliten la participación en igualdad de la población extranjera: servicios de información en el ámbito local, mediación intercultural en la orientación laboral, lucha contra la explotación sexual de la mujer inmigrantes, aprendizaje de la lengua y cultura española, etc.
2. Formación en interculturalidad dirigida a profesionales de la intervención social.
3. Detectar situaciones de discriminación por medio de un observatorio permanente y promocionando investigaciones específicas en distintos sectores laborales.
Otras áreas temáticas de EQUAL son: facilitar el acceso y la reincorporación al mercado de trabajo; abrir el proceso de creación de empresas a todos; apoyar la adaptabilidad de las empresas y los trabajadores, conciliar la vida familiar y la vida profesional; reducir los desequilibrios entre hombres y mujeres y apoyar la eliminación de la segregación en el trabajo. El objetivo último de EQUAL es incorporar a las políticas nacionales, regionales y locales las buenas prácticas en materia de empleo que han sido ensayadas en los distintos proyectos financiados al amparo de esta iniciativa comunitaria.
En el ámbito comunitario se debe reforzar la idea de que la diversidad cultural enriquece a la sociedad y que en las interacciones interétnicas adecuadas los beneficios generalmente exceden a los costos. Un tema central es la necesidad de que los programas de intervención deben tener referencias explicitas a las diferencias grupales y ser sensibles a la diversidad cultural. Si las intervenciones no están atentas a las diferencias de grupo pueden conducir a expectativas de resultado de asimilación, en las que se espera que los miembros de los grupos minoritarios se conformen a los valores y normas del grupo dominante.
Un ejemplo de intervenciones comunitarias es el proyecto Construyendo la Paz de la ONG SODdePAD, en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid, en el que se proponen dos líneas estratégicas para la lucha contra el racismo y la xenofobia: (1) la desmitificación del concepto raza, haciendo especial hincapié en que nunca las diferencias intergrupales sustentan ni justifican la superioridad de un grupo sobre los demás: todos iguales, todos diferentes; (2) la educación intercultural, que debe orientarse hacia el fomento de la interdependencia y la cooperación entre los grupos para favorecer la universalidad, el reconocimiento recíproco de las culturas y una síntesis sociocultural nueva. Este proyecto le da una importancia capital a la interculturalidad para lograr una convivencia armónica y estable entre grupos diversos sobre la base de la igualdad, la no discriminación y el respeto a la diversidad. Dentro de las medidas concretas en el ámbito educativo se fijan varios objetivos:
1. Favorecer la adquisición de una red de esquemas conceptuales sobre la intolerancia que incluya al racismo como problema del que todos podemos ser víctimas, que es de naturaleza compleja y contra el que se puede y se debe luchar.
2. Estimular el desarrollo de habilidades que posibiliten identificar prejuicios y estereotipos, mejorar la comunicación, respetar las diferentes perspectivas, etc.
3. Estimular la empatía hacia las personas y los grupos que sufren con más frecuencia el racismo y la intolerancia.
En el contexto escolar, y con la dirección y coordinación Méndez Santamaría y el Departamento de Orientación del IES Infanta Elena de Galapagar, un grupo de profesores ha desarrollado una atractiva unidad didáctica sobre diversidad e interculturalidad denominada "Somos Iguales. Somos Diferentes". En ella se propone una serie de actividades como: lectura y reflexión de textos cortos sobre diversidad cultural, asociación de palabras a conflictos intergrupales y a su solución, redacción breve sobre un dibujo significativo, o el completar una escala que mide el nivel de tolerancia del sujeto pero que posibilita un posterior análisis grupal.
Estas intervenciones son sólo un ejemplo de las múltiples iniciativas que se están llevando a la práctica en la actualidad y lo que tienen o deben asumir: que valorar la diversidad significa que las instituciones y los miembros de la comunidad conocen los beneficios de sus diferencias y similitudes, y que trabajan intencionadamente para construir relaciones sostenibles entre personas e instituciones de diversa pertenencia. Una comunidad que valora la diversidad asegura que las instituciones proveen igual tratamiento y acceso a los recursos y decisiones para todos sus miembros sin tener en cuenta la raza, la etnia, la orientación sexual, las creencias religiosas, etc.
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