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Revista » Psicología Social y Comunitaria » el pensamiento sustentable


El pensamiento sustentable


 

Lirios Cruz García
Investigador docente y consultor en Desarrollo Organizacional Sustentable
Universidad Nacional Autónoma de México
Ciudad de México, México




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Trabajo publicado el 13 de abril de 2007

 



Resumen

 

 

 

El pensamiento sustentable implica la construcción de una racionalidad, igualdad e inclusión social. En tal sentido, La racionalidad estructura individuos con una propensión a la competencia. La igualdad estructura grupos con una propensión a la solidaridad y la inclusión, sociedades con una propensión a la equidad. Estos serían los elementos esenciales para el desarrollo sustentable de la humanidad.

   
Palabras claves:
desarrollo sustentable, racionalidad, igualdad e inclusión social.

 

 

 

Introducción



Los efectos del crecimiento económico de las generaciones actuales sobre el desarrollo sustentable (1) de las generaciones futuras han sido moderados por tres entidades: el Estado, la comunidad y el individuo. La primera entidad moderadora es el Estado y sus correspondientes políticas públicas, ejecutadas por sus correspondientes instituciones, han sido estudiadas principalmente desde disciplinas como la sociología, la economía y la ciencia política.


La formación del Estado moderno inició durante el Renacimiento en la Europa del siglo XIV, cuando las ciudades se consolidaron como ejes económicos con sus correspondientes migraciones de campesinos que se transformaron en comerciantes o proletarios con más obligaciones de explotación que de derechos civiles, políticos y laborales (Arditi, 2004).


La consecuente producción masiva de mercancías y subsiguiente expansión del comercio tuvo en el Absolutismo, al principal sistema político sustituto de los sistemas feudales latifundistas: el poder se concentró en el monarca (Díaz, 2004). Sin embargo, el incremento de la actividad industrial implicó el tráfico de mercancías entre entidades de consumo claves. Estos eran los estamentos (formas de organización feudal) que a finales del siglo XVII perdieron su poder de legitimidad y utilidad para una naciente burguesía. El trabajo del agricultor se expropió y se liberó junto con los productos agrícolas. Ambos fueron distribuidos como mercancías cotizados, comprados y vendidos como cualquier producto industrial del siglo XVIII (Fernández, 2006).


Una nueva forma de producción industrial sustituyó  los talleres artesanales con la contratación de oficiales para la creación de excedentes que superaron la demanda local y global posteriormente. Con base en una normatividad mercantil, se garantizó la producción y el trabajo en las ciudades (Fernández, 2004). Fueron dos los elementos para el crecimiento capitalista; el libre pensamiento y el libre comercio (Fernández, Güemes y Vigil, 2006).  Otra característica del crecimiento capitalista fue la división de lo público (rubros administrados por el Estado) y lo privado (rubros administrados por las personas). El interés comunitario se subordinó al interés particular, lo que  implicó a una naciente ideología liberal. El Estado otorgó a los individuos las herramientas y las oportunidades para organizar el progreso de un país. Se eliminaron las layes que perjudicaban o favorecían a los sectores de la sociedad y se garantizaron los procesos que favorecieran la propiedad privada (González, 2004).


- El individuo es el fundamento social.

- En consecuencia, la razón implicó el progreso y la fé significó el atraso social.

- Sin embargo, la intervención estatal fue el principal inconveniente para dicho progreso.

- Por lo tanto, el Estado sólo resguardó los derechos a la libertad de los individuos.


Las clases trabajadoras se movilizaron (huelgas, mitines, plantones, marchas y manifestaciones) para exigir su bienestar social al Estado liberal clásico. Las asambleas proletarias discutieron la pertinencia de crear instituciones para subsanar los problemas de justicia social. Estas movilizaciones ciudadanas fueron consecuencia de la disminución de las políticas públicas del Estado liberal (Huerta, 2005). El Estado liberal se transformó en el Estado social benefactor que promovió la justicia social. La ideología liberal también se trasformó en una ideología de beneficiencia  social: un pensamiento liberal fue justo cuando no benefició a la mayoría (Leff, 2004).


La formación del Estado moderno y sus políticas económicas permiten conocer los fundamentos macro y micro económicos, antesala de las variables que explican el ambientalismo y la sustentabilidad (Huerta, 2005).


La descripción de la formación del Estado moderno inicia con los principios iusnaturalistas del Estado monárquico. El Iusnaturalismo es un conjunto de supuestos que tratan de justificar la pertinencia de un Estado que ordene el desorden en que vive la humanidad gobernada por la ley del más fuerte. Al estar en guerra todos contra todos, guerra causada por deseos que hacen antisociales a las personas, debe imponerse la voluntad de un monarca para conservar la seguridad de un grupo desunido por sus intereses particulares. Los individuos pactan un acuerdo para formar una sociedad (2) siendo la renuncia a sus derechos naturales el principal costo que deben pagar. Una vez formado este Leviatán debe formarse, para conservar su  coerción, un ejército lo suficientemente poderoso para evitar, y si es el caso, calmar posibles rebeliones. La monarquía absoluta considera que el monarca debe asumir toda la responsabilidad de conciliar a cualquier precio y con cualquier medio los intereses de los habitantes. Más adelante, con la monarquía mixta (parlamentaria y constitucional) el monarca no podría delegar el poder ni siquiera al parlamento, salvo con el único límite que tendría una recién formada constitución. Esto indicaba que el poder del monarca se regulaba mediante un conjunto de leyes estatuidas que quizá no le permitieron actuar como lo haría el ente más fuerte en el Iusnaturalismo.  


Esta descripción de una humanidad irracional, la cual debe someterse a un orden supremo que la lleve a la buena convivencia, está instaurada en dos elementos muy importantes: se trata de la constitución y la voluntad del monarca.  Precisamente, surge la necesidad de equilibrios entre los poderes ejecutivo (monarca), legislativo (parlamento) y judicial (magistrados). No se concibe un poder mayor a otro, más bien el poder dividido y a la vez moderado entre estos tres elementos (Mella, 2006).


En contraste, al plantearse un contrato social, se reflexiona sobre la propiedad privada y el peligro que se corría al vivir en una sociedad donde todos eran dueños de todo porque sus derechos naturales los justificaban. Es así como al no haber las garantías básicas, se plantearon tres principios de desigualdad económica, política y social, siendo la obtención y reconocimiento de una propiedad el primer indicador de diferencia en la sociedad. La segunda desigualdad humana sería la política que no le asistía a los súbditos, sólo al monarca. Es así como en un Estado despótico las garantías de propiedad, al ser exclusivas de la familia monárquica, constituirían la tercera desigualdad de la humanidad: la libertad cuando menos económica.


Se necesitaba un contrato social para evitar esas tres desigualdades. Dicho contrato social fue el bosquejo de un Estado democrático y la supresión del despotismo en Francia. Los acuerdos y las coincidencias como la expresión de las voluntades individuales fueron el contenido de este contrato. De esta forma, la soberanía popular tuvo tres características: unicidad, indivisibilidad e inalienabilidad (Leff, 2004).


Sin embargo, si a lo irracional le correspondía la naturaleza humana entonces a lo racional, la civilización humana. En consecuencia, la suma de racionalidades individuales devendría en una racionalidad objetiva: el Estado monárquico representado por un individuo racional y representante de los individuos racionales. La irracionalidad quedó excluida del poder político, después económico y se adentró en la cultura para después resurgir como estructura recuperable en la comprensión de los procesos comunitarios que se contraponen a la racionalidad económica o al homus economicus que tomaba las decisiones a partir de un cálculo de probabilidades consecuentes.


De este modo se justificó una desigualdad humana: la razón no era para todos, su ausencia deslegitimó todo sistema político alterno. Sólo la libertad se garantiza en un Estado racional. Lo racional legitima el poder sea político y económico. Esto implica un paradigma precursor que ha orientado a la humanidad hasta el contexto actual en el que deviene un paradigma alternativo guía de un proyecto que a la humanidad le permitirá crear las instituciones necesarias para moderar el efecto del crecimiento económico reflejado,  tanto en la extinción de los recursos naturales energéticos, como en el bienestar subjetivo. Dicho proceso implica la concepción de un proyecto favorable a la humanidad y a su entorno: el Desarrollo Sustentable (Corral y Pinheiro, 2004).


Antes bien, las relaciones y los modos de producción eran los fundamentos sociohistóricos para develar el proceso de acumulación del capital como proceso contradictorio, en el que una burguesía acumulaba la riqueza usurpando el trabajo de los proletarios y deteriorando el medio ambiente. En trajo como consecuencia, la supresión del Estado como moderador de los efectos del sistema económico sobre el comportamiento humano y su entorno. Esto fue un error porque los sistemas al configurarse por una relación indirecta de elementos exógenos sobre endógenos requieren de elementos moderadores que les permitan dicha relación. Es decir, un modo de producción requiere de una entidad reguladora de esas relaciones. Un modo de producción no se impone directamente, se legitima indirectamente a través de leyes, creencias, conflictos y negociaciones. Esto significa un proceso en el que una racionalidad económica se confronta con una irracionalidad afectiva en un escenario que se ha estado desgastando.


En las ciencias sociales, las aproximaciones que describen las funciones del Estado son tres:

   
Instrumentalistas: conciben al Estado como un anexo de la burguesía en el que las políticas económicas públicas favorecen el crecimiento económico e impiden el Desarrollo Sustentable. Por dar  un ejemplo, en la sociedad actual los organismos financieros tales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, al condicionar el préstamo de dinero solicitando cambios estructurales que permitan la libre circulación, especulación, fuga y acumulación del capital, determinan dicho crecimiento económico.

 
Ideologistas: estudian cómo está representado el Estado por las personas. Sugieren que se ha mistificado en demasía la función del Estado como promotor y conciliador de un crecimiento económico. Esta vertiente resulta interesante en su aproximación porque se adentra en los aspectos psicológicos que fundamentarían por qué las personas prefieren crecer económicamente aunque esto sea sólo exclusivo de grupos económicos que tienen el control financiero.

 
Estructuralistas:
analizan las funciones del Estado como moderador (promotor) del crecimiento económico. Dicha promoción se inicia reformando los estatutos constitucionales y su adecuación para garantizar la venta de paraestatales, la inversión extranjera en la extracción, la sobreexplotación y la distribución de recursos energéticos. Esto implica el crecimiento de la propiedad privada (con su consecuente monopolización), la competencia de capitales en sectores claves de la economía, la mano de obra liberada, abundante, barata y disponible, y el deterioro de los recursos naturales inherentes a los recursos energéticos.


El Estado, al ser moderador de los efectos del crecimiento económico sobre el comportamiento humano y su entorno, se encuentra ante dos opciones: propone reformar la constitución o pospone dichos cambios, permite el libre fluir financiero o lo regula, maximiza el desempleo y el subempleo o lo abate, limita el empobrecimiento o lo extiende a las clases medias, tolera la extinción de los recursos naturales o lo retarda (Piña, 2005).

 
En efecto, tanto el sistema capitalista como el Estado moderno son quienes promueven un comportamiento conservador de la estructura de poder económico, político y social. Ante una crisis económica el Estado, mediante la perecuación de la tasa de ganancia, la devaluación de la moneda y la inversión estatal, ha favorecido a dos sectores: el financiero y el energético.


Consecuentemente, los países de América Latina, al retomar los fundamentos del Estado moderno, permitieron la sobreexplotación, la  contaminación, la destrucción, la escasez y la extinción de los recursos naturales (principalmente agua, petróleo, gas y electricidad), así como la desocupación, el desempleo, el subempleo, la abismal diferencia en el ingreso entre ricos y pobres, el aumento de la deuda tanto externa como interna, sus correspondientes altas tasas de intereses y la inflación permanente (Díaz, 2004).


Por lo tanto, un recorrido socio histórico económico y político de las problemáticas más sentidas en la sociedad, deja ver las crisis económicas como los efectos dominó y la fuga de capitales, el consecuente desequilibrio en la balanza comercial, el subsiguiente desempleo, subempleo, la desocupación y el  deterioro en la calidad de vida, todo lo cual demuestra la moderación del Estado en el impacto del crecimiento económico sobre la naturaleza y la humanidad. Se evidencia la necesidad de una política económica ajustada a una racionalidad ambiental para conservar la estructura de poder económico, político y social. Se hace imprescindible la necesidad de innovar, modelar, analizar y predecir un comportamiento que gestione una política económica para garantizar satisfactores básicos tales como salud, empleo y educación, la explotación estratégica de los recursos naturales, la transferencia de tecnología a las comunidades y a las generaciones venideras (Gudynas y Villalva, 2006).

 

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1) "Una forma de vida que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones" (Corral y Pinheiro, 2004: 2).

(2) "Es una forma llena de formas, la forma de su inauguración es una ausencia que brilla. Aparte de las formas del lenguaje, los objetos los recuerdos y los mitos, la sociedad también tiene las formas del ritmo, los jueces y las funciones, los ritmos tienen la forma de una espiral envolvente, los juegos la forma de un organismo; las funciones de una maquinaria" (Fernández, 2004: 199).

 

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Los comentarios están ordenados desde el más reciente al más antiguo:

 

alfredo zamora: Interesante trabajo, que refleja en gran medida la situación que se vive hoy en día y que además da ejemplos claros que ponen a reflexionar a los interesados en el tema. Aunque pienso que aquí se evidencian muchas de las cosas que ya de antemano sabemos creo que el cambio anhelado del que el individuo esta sediento debiera de darse hoy en la actualidad, ya no mediante la prueba fehaciente y tangible de lo que nos aqueja sino más bien alentando al sujeto a actuar como portador potencial de una gran fuerza a la que lo único que le falta es organización para comenzar.

 

Lina Marcela Ballesteros: Gracias por este trabajo, me parece muy bueno, está muy bien sintetizado e introduce de una forma clara al lector a conocer la evolución del Estado moderno.

 

jaime: Hola. La verdad, quedo muy agradecido por el trabajo sobre este tema. Tardé mucho en encontrar un documento al respecto. Gracias, el artículo es excelente.

 

dayan: Este artículo hace que de alguna manera los lectores se tomen consciencia de lo que conlleva un desarrollo y más aún, que no sólo se quede como discurso político sino que permita ver las diferencias entre la realidad y lo orientado a la búsqueda de un desarollo, aemás de los factores que se deberán tomar en cuenta para tener así un desarrollo equitativo.

 

juan rafael sanchez.: Considero que es excelente porque induce a las personas a ser más estudiosas e investigativas y para actuar con mayor seguridad.

 

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