Dentro del debate propuesto por el curso Lenguaje, Conducta y Cognición, una de las propuestas teóricas que más me llamó la atención fue la propuesta por Kenneth Gergen en su teoría del construccionismo social y la posibilidad de observar su aplicación en muchos campos aplicados, particularmente la psicoterapia. Además, se percibía en dicha propuesta un “revolcón” no solo en las ciencias sociales sino en otros aspectos del desarrollo cultural de la humanidad, “revolcón” que ha recibido el nombre de posmodernismo. Por ello consideré válido unir estas temáticas de interés personal y tratar de presentar un abrebocas teórico para entender cómo puede existir una psicoterapia construccionista o posmodernista.
Si uno sabe lo que hará, está limitado, pero si sabe mejor lo que no hará, entonces habrá una enorme cantidad de cosas que podrá hacer.
Goolishian
No nos relacionamos con la vida “misma” sino con nuestra comprensión de la vida
Tom Andersen
La historia del conocimiento ha evolucionado de manera particular a lo largo del tiempo. En cada época, los cánones del conocimiento dominan y se consideran los discursos más acertados sobre la realidad. Sin embargo, con el tiempo, estos discursos comienzan a mostrar fallos significativos. Esto da lugar a la aparición de discursos alternativos, que compiten y eventualmente reemplazan al dominante.

Este proceso es cíclico: una tesis es reemplazada por una antítesis, y luego surge una síntesis novedosa, que a su vez genera una nueva antítesis. Sin duda, esta forma de interpretar la evolución del conocimiento es dialéctica y puede relacionarse con la propuesta de Kuhn (1981) sobre el desarrollo de la ciencia a través de paradigmas que luchan y se establecen durante periodos determinados.
La organización de la cultura ha seguido patrones similares a lo largo del tiempo. Por ejemplo, hace algunos siglos, la ilustración fue el movimiento dominante. Durante los siglos XVII y XVIII, la visión del hombre ilustrado, representada por pensadores como Descartes, Spinoza, Hobbes y Newton, era la de un ser observador y racional que desafiaba el derecho divino (Gergen, 1992).
Sin embargo, esta visión fue reemplazada por el romanticismo en el siglo XIX. Este movimiento se centraba en los sentimientos morales, la solidaridad y el goce interior de la vida, ofreciendo una perspectiva más hedonista y menos pragmática, con énfasis en lo intangible.
Posteriormente, surgió el modernismo, que retomaba características de la ilustración, pero desarrolladas de manera diferente. La visión del hombre moderno, propia del siglo XX, resalta la importancia de la razón y la observación como elementos clave del funcionamiento humano.
Se ve en las ciencias, las actividades de gobierno y empresariales. Está convencida de que las personas son agentes racionales que tras examinar los hechos toman las decisiones que corresponden. Es un neoilustracionismo, pero con la fuerza que le aporta la ciencia y la tecnología. El avance es un movimiento en permanente ascenso hacia la meta, a través del perfeccionamiento, la conquista y los logros materiales. Los argumentos centrales del modernismo son el progreso, la búsqueda de la esencia de las cosas y el hombre máquina (funcional y productivo).
Del Modernismo al Posmodernismo
Al movimiento modernista del siglo XX, expresado en diversas manifestaciones de la cultura humana como el arte, la música, la ciencia y la política, le ha surgido una nueva antítesis. Este nuevo enfoque busca remover los cimientos del modernismo y reconstruir, o quizás desconstruir, sobre sus ruinas, una nueva forma de concebir la realidad.
El posmodernismo se presenta como una alternativa que rompe con los esquemas más arraigados del modernismo en diferentes campos culturales. Esto genera, sin duda, miedo, resistencia al cambio y dudas en el mundo modernista, ante la posibilidad de una visión del mundo que no siga el patrón establecido por el modernismo.
Posmodernismo es el término con el cual se trata de agrupar a una variopinta manifestación de diferentes autores en diferentes áreas que tratan de soltarse de la camisa de fuerza que es, para ellos, el modernismo. El posmodernista se enmarca en una conciencia generalizada del agotamiento de la razón, tanto por su incapacidad para abrir nuevas vías de progreso humano como por su debilidad teórica para sortear lo que se avecina. La racionalización de la sociedad no conlleva ninguna perspectiva utópica, sino que más bien conduce a un aprisionamiento progresivo del hombre moderno en un sistema deshumanizado.
La modernidad creía que existía un vínculo fuerte y necesario entre el desarrollo de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana, pero lo que sobrevino fue el triunfo de la razón instrumental que no conduce a una realización concreta de la libertad universal sino a la creación de una “jaula de hierro” de racionalidad burocrática de la que nadie quiere escapar (Picó, 1992).
La posición posmoderna es escéptica, cuestiona la capacidad de la razón y, especialmente, del lenguaje para representarnos o para revelar “cuál es la cuestión”. Si el lenguaje está dominado por intereses ideológicos, regido por convenciones sociales y moldeado por el estilo literario en boga, entonces no puede reflejar la realidad de manera objetiva (Gergen, 1992).
Esta conclusión representa uno de los golpes más devastadores para la modernidad y, en particular, para su máxima autoridad: “la ciencia”. En este contexto, no hay motivo objetivo para afirmar que una persona tenga pasiones, intencionalidad, razón, rasgos de personalidad o cualquier otro elemento propuesto por las cosmovisiones romántica o modernista. Todos estos conceptos están vinculados a circunstancias sociales e históricas, y son el producto de fuerzas ideológicas y políticas, así como de las modas estéticas o literarias.
En este orden de ideas, el centro en torno al cual gira nuestra sociedad modernista que es el yo (yocentrista), cae de su pedestal en la sociedad posmoderna, ya que el nuevo énfasis y centro de acción son las “relaciones” (relaciocentrista), que serían el principal producto que permitiría la construcción del yo en la interacción social y no al revés. Un individuo nace dentro de una relación y a la vez que es definido por ella, la define. Cuando uno muere, lo que perece es una pauta de relaciones. Precisamente, el movimiento que en ciencias sociales ha tratado de leer y expresar las ideas posmodernistas se denomina construccionismo social.
Principios del Construccionismo Social
El construccionismo social (Hoffman, 1996) cree que las ideas, los conceptos y los recuerdos surgen del intercambio social y son mediatizados por el lenguaje. Todo conocimiento -sostienen los construccionistas- evoluciona en el espacio entre las personas, en el ámbito del mundo común y corriente; y es solo a través de la permanente conversación con sus íntimos que el individuo desarrolla un sentimiento de identidad o una voz interior.
Desde Wittgenstein hasta los teóricos contemporáneos de la literatura, los estudiosos han establecido que el lenguaje de la vida mental cobra significado a partir de su uso social. El significado de “un buen razonamiento”, de “malas intenciones” o “memoria precisa”, está determinado según se empleen tales expresiones en las relaciones que entablamos. Los individuos, por sí mismos, no pueden significar nada: sus actos carecen de sentido hasta que se coordinan con los otros (Gergen, 1992).
El Rol del Lenguaje en la Terapia
El construccionismo sostiene que no existen verdades sociales incontrovertibles, sino únicamente relatos del mundo que nos contamos a nosotros mismos y a los demás. Por esta razón, la mayoría de los psicoterapeutas tienen un relato sobre cómo se desarrollan y resuelven los problemas. Esto implica que el terapeuta entra en la acción terapéutica con una idea preconcebida de la mejor intervención posible, basada en la teoría que sustenta su enfoque.
En la práctica, el terapeuta busca en la relación terapéutica una hipótesis que apoye su esquema preconcebido. Por ejemplo, un terapeuta psicodinámico buscará en la narración del cliente algún trauma o déficit en el desarrollo. Un conductista, por su parte, se enfocará en patrones conductuales aprendidos que deben ser desaprendidos y reemplazados por otros más adaptativos.
Si el terapeuta sigue un enfoque sistémico, observará en las narraciones de los miembros de la familia patrones de interrelación inadecuados que afectan el sistema familiar. En cambio, un logoterapeuta, dentro del enfoque existencial humanista, buscará un déficit en la capacidad del paciente para encontrar un sentido a su existencia, lo que le permita abordar la problemática de forma distinta.
En resumen, cuando un terapeuta se adhiere a un esquema particular, este esquema puede empezar a limitar su forma de ver la terapia, encuadrando la realidad dentro de dicho esquema.
Es necesario incorporar la duda, y una forma de hacerlo en la terapia es estableciendo una situación en la que se favorezca la presencia de una pluralidad de relatos y en la que los formatos de construcción conjunta superen los discursos individualistas y deterministas de un yo aislado y en medio de su realidad. Para entender esto pasaremos al siguiente apartado.
Al observar de cerca la terapia psicológica, podemos notar que en los últimos años han surgido manifestaciones contrarias al enfoque modernista de la terapia. Estas nuevas corrientes han comenzado a desarrollarse principalmente en el ámbito de la terapia familiar sistémica, influenciadas por las ideas sugestivas de varios terapeutas de la Escuela de Palo Alto. Figuras como Watzlawick, Bateson y Haley inspiraron a numerosos psicoterapeutas a crear nuevos estilos de terapia basados en filosofías “no modernas.”
Estas nuevas propuestas, que se articulan con ideas de autores como Maturana, Varela y Gergen, buscan desafiar los pilares de la psicoterapia científica moderna. Este conjunto de enfoques, que se agrupan bajo la etiqueta de construccionismo social, representa dentro de las ciencias sociales una manifestación del posmodernismo.
Los principios del construccionismo social en la psicoterapia se expresan de diferentes formas, vamos a tratar de agrupar aquí las más importantes o novedosas desde el punto de vista del autor.
1. Ante todo, el primer compromiso construccionista propende por una ruptura tajante de la tradicional y asimétrica relación entre terapeuta y paciente. Es más, el término paciente no debería ser utilizado en la nueva relación (se empieza a masificar la utilización del término cliente -que obviamente esta muy cercana a la visión mercantilista del modernismo-), ya que su connotación médica está expresando una asimetría, entre el enfermo, el que no sabe, y el sabio, el sano, el terapeuta. Este supuesto supone la desaparición del poder-control unilateral del terapeuta y propone una dinámica de co-construcción sistémica. Asume la responsabilidad de su poder de construcción dentro de la relacional/social. El terapeuta pierde su posición de experto, su estatus jerárquico desaparece.
2. Los trabajos posmodernistas suelen centrarse en ideas vinculadas al texto y la narración. En este contexto, la narración es una unidad de significado que brinda un marco para la experiencia vivida. A través de las narraciones se interpreta la experiencia vivida, como lo expresa Bruner (1986; citado por Epston y cols., 1996): “Creamos las unidades de experiencia y significado a partir de una continuidad de la vida. Todo relato es una imposición arbitraria de significado al fluir de la memoria, porque destacamos ciertas causas y desestimamos otras, es decir, todo relato es interpretativo”.
El construccionismo sostiene que moldeamos el mundo en el que vivimos y creamos nuestra propia “realidad” dentro del contexto de una comunidad. Esta comunidad, a través de sus restricciones y posibilidades económicas, políticas, sociales y culturales, establece los límites de nuestras narraciones y delimita nuestras opciones a ciertos contextos.
En el ámbito terapéutico, tanto los terapeutas como los clientes tienen un relato sobre cómo se desarrollan y se resuelven los problemas. Según esta perspectiva, los relatos o narraciones en los que situamos nuestra experiencia determinan el significado que damos a dicha experiencia. Estos relatos influyen en la selección de los aspectos de la experiencia que serán expresados y en la forma en que lo haremos, lo cual, a su vez, afecta la orientación de nuestras vidas y relaciones.
Desconstrucción y Terapia
El énfasis en la narración conecta la terapia posmoderna con las teorías de la desconstrucción, una corriente en la que Jacques Derrida es uno de los principales exponentes. El análisis desconstruccionista nos invita a mantener una postura de distanciamiento y escepticismo respecto a creencias sobre la verdad, el poder, el yo y el lenguaje. Estas creencias, que a menudo se dan por sentadas, no son absolutas, sino completamente relativas.
La desconstrucción propone abandonar los juicios absolutos, evitando categorizaciones rígidas. Derrida nos insta a buscar siempre una visión alternativa, para desconstruir el mundo tal como lo conocemos, abriendo espacio a lo inesperado que podría reemplazar esa visión.
Gergen describe este proceso como construcción-desconstrucción o progresión-pregresión. Por ejemplo, un análisis progresivo del uso de un pesticida podría enfocarse en sus efectos sobre plantas como la cocaína y la amapola, y en su capacidad para erradicar estas plantas, que son fuente de drogas alucinógenas y permiten la construcción del imperio del narcotráfico. Sin embargo, un análisis pregresivo revela que los pesticidas también alteran y contaminan otras cosechas, envenenando a las personas que consumen esos alimentos y provocando alteraciones congénitas.
Además, este análisis muestra que dañar otras cosechas impide que los campesinos puedan vender sus productos, lo que genera más pobreza y obliga a muchos a emigrar a las ciudades, aumentando el desempleo. Este enfoque permite desconstruir el discurso lineal que inicialmente justificaba el uso de pesticidas contra la cocaína y la amapola, abriendo la puerta a un análisis más amplio de las implicaciones político-socioeconómicas.
El análisis desconstruccionista es muy importante para el proceso de reflexión en terapia posmoderna que veremos más detenidamente en la siguiente sección.
La Relación Terapéutica: Una Co-construcción
3. El análisis del terapeuta a la situación del cliente nunca se puede considerar objetivo. No hay descripciones más correctas que otras para la realidad. La investigación social objetiva no existe, ya que no podemos saber que es la realidad social, no hay una verdad única, objetiva y absoluta. Por lo tanto, la relación terapéutica co-construye una descripción de la realidad del cliente, donde ambos son responsables y activos en el proceso de solucionar el problema.
4. Los puntos de vista individuales se transforman y expanden en la interacción social entre terapeuta y cliente. En este contexto, se busca romper con la idea de un yo diferenciado, autónomo e inmutable, que controla las acciones de la persona. Gergen, en su libro El yo saturado (1992), sostiene que es una falacia considerar al yo como una entidad autónoma e independiente. La identidad individual es, según él, una ilusión modernista, ya que el yo no reside dentro de la persona, sino que es un compuesto temporal, construido a partir de la interacción social.
El yo no está separado del otro; más bien, es a través de la relación social que se construye la idea de una personalidad. En este sentido, el yo no se concibe como una entidad cosificada e intrapsíquica, sino como una entidad narrativa que se desarrolla dentro de un contexto de significado social. Como afirma el filósofo Emanuel Levinas (citado por Lax, 1996), “el yo no empieza a existir en un momento puro de autoconciencia autónoma, sino en relación con el otro, ante quien permanece siempre responsable”.
En la terapia, no se trata de imponer la realidad propuesta por un individuo (el terapeuta), sino de co-construir entre terapeuta y cliente una nueva forma de narrar la realidad del cliente.
5. Los terapeutas no pueden dejar de afrontar la cuestión de la construcción social de sistemas de creencias y que, por lo tanto, no pueden renunciar al estudio de esos procesos en los que ellos también están profundamente involucrados.
6. Se define socialmente a la psicoterapia como un contexto para la resolución de problemas, la evolución y el cambio. Los problemas son acciones que expresan nuestras narraciones humanas, existen en el lenguaje y son propios del contexto narrativo del que derivan su significado (Anderson y Goolishian, 1996). El cambio en la terapia, por lo tanto, es la creación dialogal de la nueva narración.
7. La patología en el construccionismo desaparece como tal. El meollo del asunto no es la etiología de los síntomas, sino los procesos sociales e interpersonales y la dinámica que mantiene esos síntomas. El terapeuta podrá desencadenar un proceso de cambio si logra interferir la repetición de la misma experiencia que llevó al cliente a la terapia.
8. Del diagnóstico y la cura a la responsabilidad cultural. Gergen (1996) considera que, a medida que el acento se desplaza a la construcción lingüística de la realidad, las enfermedades y los problemas pierden su privilegio ontológico, ya que no son independientes sino construcciones culturales. No hay problemas más allá del modo en que una cultura los constituye como tales.
9. Desaparecen los niveles y capas jerárquicas estructurales. No existen capas jerárquicas donde unas son más importantes que otras y, por lo tanto, detentan en última instancia la causa de la situación considerada “problema” (Hoffman, 1996). Se propone un análisis de configuración lateral u horizontal que rompe con las dualidades síntoma superficial vs. causa subyacente, contenido manifiesto vs. contenido latente, comunicación abierta vs. comunicación encubierta, etc. La configuración horizontal permite entender que existen formas de análisis, todas de igual valor y que serán validadas y utilizadas para la intervención en la media en que el contexto social lo exija.
10. En la terapia posmoderna, el lenguaje adopta un nuevo rol, distinto al que tenía en la terapia modernista. Este cambio refleja un conjunto de ideales filosóficos que deben expresarse en la relación entre terapeuta y cliente a través de un lenguaje renovado. Por ejemplo, la entrevista terapéutica ya no se centra únicamente en recoger información, sino que se convierte en un proceso de intercambio simultáneo con el cliente. Preguntas como “¿Cuál es su problema?”, son reemplazadas por “¿Cómo ve usted la situación?”, promoviendo así un lenguaje menos directivo y jerárquico.
El objetivo es transformar la relación terapéutica en un espacio democrático, donde exista una configuración de igualdad en el poder y en la expresión del mismo. Este enfoque busca equilibrar la dinámica entre terapeuta y cliente, facilitando una colaboración más equitativa. Profundizaremos en este tema en la siguiente sección, cuando hablemos de la terapia basada en la ignorancia.
¿Existe una Terapia Construccionista / posmoderna?
Después de lo expuesto, surge la pregunta anterior, pues, aunque se ve un gran bagaje filosófico y epistemológico para ver la terapia, la práctica misma de la terapia no se ve nada claro cuando cada autor trata de exponerla o termina viéndose que se utilizan herramientas y técnicas psicológicas similares a las utilizadas en otros marcos conceptuales. Pareciera que la visión posmoderna tan solo se quedará en el “bla bla bla”.
Veamos que podemos poner en claro de las diferentes propuestas prácticas.
La opción terapéutica propuesta por Goolishian y Anderson (1996), conocida como “La ignorancia como enfoque terapéutico,” se centra en la posición del terapeuta como un “ignorante” en lugar de un experto. Este enfoque parte de una ignorancia deliberada, entendida como un “no saber,” porque los autores sostienen que no existen esencias ocultas en las narrativas del cliente. Por lo tanto, el terapeuta no puede ofrecer al cliente una respuesta definitiva o un “secreto” que reemplace sus narraciones anteriores.
Dado que no hay significados preexistentes escondidos, los significados se construyen únicamente a medida que se narra e interactúa en la terapia. Así, el proceso terapéutico se basa en una curiosidad genuina por parte del terapeuta, no condicionada por hipótesis previas.
Un aspecto crucial de la conversación terapéutica en este enfoque es el uso del silencio y de preguntas a medio hacer. El terapeuta puede optar por no hablar en ciertos momentos o formular preguntas abiertas y vacilantes, acompañadas de largos períodos de silencio. Esta estrategia tiene como objetivo fomentar la participación activa del cliente y la cocreación de significados a través de un diálogo más libre y espontáneo.
Esta propuesta implica introducirse en la narración del cliente sin prejuzgar, analizar o dictaminar teórica o a priori el problema del cliente, implica meterse en su relato, preguntar y dialogar para saber su historia, no para dictaminar si es falsa o verdadera.
Los autores relatan la historia de un paciente que había consultado a numerosos terapeutas sin lograr superar su problema. Este paciente temía tener una enfermedad contagiosa, aunque médicamente no había evidencia que lo confirmara. Anteriormente, todos los terapeutas se centraban en convencerlo de que su creencia era falsa, orientando la terapia hacia la eliminación de esta idea.
Sin embargo, cuando el paciente entró en un nuevo contexto terapéutico, el terapeuta, desde una postura de ignorancia, simplemente atendió su narración sin prejuzgarla como incorrecta. Al validar la experiencia del paciente tal como él la describía, el terapeuta pudo generar un proceso altamente empático. Este enfoque permitió que, poco a poco, el paciente experimentara una mejoría, no tanto en relación a la enfermedad en sí, como en su temor de estar gravemente enfermo. La aceptación y validación de su narrativa resultaron clave en el progreso terapéutico.
Para Goolishian y Anderson, los problemas son acciones que expresan nuestras narraciones humanas, existen en el lenguaje y son propios del contexto narrativo del que derivan su significado. El cambio en la terapia es la creación dialogal de la nueva narración. Vivimos en y a través de las identidades narrativas que desarrollamos en la conversación, ya que nuestro yo es siempre cambiante.
Equipos de Reflexión y Terapia Reflexiva
Por otro lado, Hoffman (1996) considera que la esencia de la nueva terapia posmoderna se centra en la palabra “reflexivo”. Ya que el enfoque trata de replegarse sobre sí mismo, ya sea utilizando equipos de reflexión para la terapia, conversaciones reflexivas entre los componentes de la terapia, interrogatorios reflexivos, etc.; que junto con la preponderancia del prefijo “co” describen la conversación terapéutica (co-creación, co-autoría, co-evaluación), lo que indica un proceso de influencia mutua y no de unidireccionalidad o jerarquía.
Veamos, por ejemplo, la propuesta de los equipos de reflexión. Andersen (1996) y el grupo de Noruega crean un grupo terapéutico que delibera sobre la familia y la familia ve cómo hace dicha deliberación, aplicándose luego el papel inverso. Andersen y sus colaboradores le llaman el equipo de reflexión abierta.
El grupo de Milán (Selvini y cols., 1980 en Andersen,1996) creo un procedimiento y era un equipo que se reunía con la familia. Un miembro del equipo conversa con la familia mientras los demás miembros los observan a través de un espejo de una sola dirección. El terapeuta conversa con el equipo y luego trae a la familia las ideas y aportes de intervención de estos para avanzar en la terapia.
El grupo de reflexión abierta es una variación del grupo de Milán, con una serie de aportes en cuanto a un lenguaje más democrático y co-creador que se debe utilizar, por ejemplo: “además de lo que ustedes entienden, nosotros entendemos…”. Y como vemos, la diferencia sustancial es la bidireccionalidad del proceso planteado inicialmente por los italianos. En la propuesta noruega, no solo el equipo tras el espejo ve a la familia con el terapeuta, sino que, posteriormente, la familia con el terapeuta ven tras el espejo o en la misma habitación la conversación del equipo de reflexión y en una tercera etapa volverían al estado inicial pero para conversar y discutir sobre los aportes del equipo de reflexión.
Andersen resume así sus normas de acción lingüística para asumir la terapia posmoderna:
1. Las reflexiones del equipo deben basarse en algo expresado durante la conversación “cuando escuché… se me ocurrió…”
2. Los miembros del equipo al hablar públicamente deben tratar de no transmitir connotaciones negativas. En vez de decir “no entiendo por qué no intentan esto o aquello”, se dice: “me pregunto que pasaría si intentarán hacer esto o aquello…”.
3. Cuando familia y equipo están en la misma habitación y el equipo está reflexionando, se pide a estos miembros que se miren entre sí, es decir, que no miren a los que escuchan (clientes), con el fin de permitir que los oyentes se sientan en libertad de no escuchar.
Después, la conversación se centra en la familia y el entrevistador, y se ofrece la oportunidad de que está discuta la charla del equipo. Conversar, ver conversaciones sobre lo conversado y volver a conversar, abre posibilidades de ver diferentes perspectivas de la misma situación. La conversación terapéutica en última instancia busca nuevas definiciones de uno mismo, nuevas descripciones, nuevos matices y comprensiones que permitan abordar el problema de una forma distinta.
Como dice Cecchin (1996): “no hay una verdad sobre el problema, sino hipótesis que compiten en dar una explicación”. Las posibilidades terapéuticas no pueden predeterminarse en virtud de la validez o la superioridad teórica de un modelo. Sin embargo, el construccionista no entabla una relación terapéutica despojada de ideas, experiencia o construcciones privilegiadas. El terapeuta, al igual que los clientes, acuden a la terapia provistos de ciertas versiones de la realidad. El desafío está en la negociación y la construcción de maneras de ser viables y sostenibles, que convengan a la familia, al terapeuta y a las formas de obrar culturalmente aceptadas.
La Terapia de Reescritura
Finalmente, está la propuesta de Epston y cols. (1996), que se denomina “terapia de reescritura” y como su nombre lo indica es una terapia que esta basada en sendas misivas escritas entre terapeuta y paciente, es decir, que las posibilidades de reflexión después de la sesión personal donde se conversa, se desarrollan por cartas escritas por el terapeuta y contestadas por su cliente. La terapia centra su trabajo no en la narración sino en el relato, y considera que este es fundamental en la organización de la experiencia de cada persona.
Para Epston y sus colegas, los relatos en los que situamos nuestra experiencia determinan el significado que damos a la experiencia. Estos relatos son los que determinan la selección de los aspectos de la experiencia que se expresarán; determinan la forma de la expresión que damos a esos aspectos de la experiencia y finalmente determinan efectos y orientaciones reales en nuestra vida y en nuestras relaciones.
Los autores ven la vida como una representación de textos y la oferta terapéutica es diseñar nuevas formas textuales para interpretar y afrontar la vida. Su terapia de reescritura sigue las siguientes premisas:
1. Permitir separar sus vidas y relaciones de los conocimientos/relatos que sean empobrecedores.
2. Ayudándoles a cuestionar las prácticas del yo y de las relaciones que sean opresoras.
3. Alentando a las personas a reescribir sus vidas, según conocimientos/historias y prácticas del yo y de las relaciones alternativas, que tengan mejores desenlaces.
Un punto importante que resaltan los autores es que el nuevo relato debe expresarse en la cotidianidad para permitir superar el problema, no basta con cambiar privadamente nuestra propia imagen personal, además, debe desarrollarse una descripción convincente para exhibirla ante los demás, el nuevo relato debe hallar expresión en la interacción con el otro de lo contrario no hay un verdadero cambio.
Estas serían algunas de las técnicas terapéuticas que distinguen el nuevo movimiento en psicología clínica. Ahora veamos un análisis más detallado de las mismas y sus posibilidades.
Críticas y Reflexiones sobre la Terapia Posmoderna
Pero, ¿es esto todo? ¿Realmente si es la terapia posmoderna una nueva opción? O ¿es acaso la antigua terapia con un nuevo ropaje, supuestamente más democrático y activo por parte de los clientes? Podría simplemente ser una rebuscada técnica llena de “cháchara” epistemológica y nada más.
¿Acaso la utilización de cartas, las preguntas vacilantes, la supuesta ignorancia del terapeuta y los equipos de reflexión marcan en sí la nueva terapia del posmodernismo?
En resumen, podemos decir que, independientemente de si el ejercicio terapéutico se desarrolla a través de la narración y conversación, el relato y escritura, o mediante equipos de reflexión, existen ciertas generalidades que se mantienen constantes. Estas generalidades, como traté de expresar en el tercer apartado, son las diez características de la Terapia construccionista o posmoderna, que no se centran en una técnica específica, sino en enfoques comunicativos para abordar la terapia.
Recapitulando: el lenguaje terapéutico evoluciona de uno que expresa poder y autoridad a uno más democrático. Se abandonan las descripciones personales como verdades absolutas, invitando a considerar múltiples descripciones válidas para enfrentar el problema. El terapeuta no impone soluciones, sino que ofrece alternativas, siempre invitando a los clientes a participar activamente en la creación de estas soluciones. Las preguntas del terapeuta no están predeterminadas ni parten de un marco rígido, sino que emplean vacilaciones y silencios para fomentar una participación más activa por parte del cliente.
En este orden de ideas, es importante aclarar que la terapia posmoderna no es una técnica en si o una serie de técnicas altamente especializadas reunidas en un contexto terapéutico, sino más bien, es una filosofía que contextualiza la forma de hacer terapia. Esta definición le da mayor flexibilidad y libertad al enfoque terapéutico.
Efran y Clarfield (1996) abordan una crítica común al construccionismo, que señala que este enfoque nunca podría dar lugar a un “método” aprobado, ya que su esencia reside en considerar todas las posturas como igualmente válidas. Si se otorgara primacía a una postura sobre otra, se estaría traicionando el principio fundamental del construccionismo de la no realidad objetiva. Esta crítica parece justificar la diversidad de técnicas mencionadas en el apartado anterior.
Sin embargo, Efran y Clarfield responden que esta crítica es errónea. Argumentan que, en realidad, ningún terapeuta, por más construccionista que sea, puede evitar tener ciertas convicciones sobre los problemas que enfrenta la gente y sobre lo que la terapia puede hacer por ellos. Estas convicciones guían inevitablemente su práctica, lo que demuestra que incluso dentro del construccionismo, existen fundamentos y principios que influyen en la intervención terapéutica.
Esta postura no implica que se esté traicionando el principio construccionista de que no existe una objetividad absoluta o que una postura sea más válida que otra. Más bien, reconoce que todas las personas tienen preferencias personales y que tienen derecho a expresar esas preferencias. Sin embargo, es crucial que estas elecciones no se “disfracen” de realidades o verdades objetivas, ya que una “verdad” es, en esencia, un conjunto de opiniones ampliamente compartidas.
El construccionista debe recordar que sus puntos de partida no son más verdaderos que los de otros. En este sentido, tiene el derecho de expresar preferencias por ciertas alternativas terapéuticas sobre otras, así como de manifestar claramente lo que considera “bien” o “mal”. Sin embargo, estas preferencias no son superiores a las de los demás, lo que nos lleva a una relativización que, como mencionas, puede resultar desgastante.
Para el movimiento construccionista, es complicado crear una posición unificada y una forma coherente de articular la terapia. No obstante, lo que sí es valioso de esta postura es la responsabilidad que tanto el terapeuta como el cliente deben asumir por sus elecciones o preferencias personales y las consecuencias que se derivan de ellas.
Efran y Clarfield señalan que es un error para el psicoterapeuta construccionista o posmoderno creer que la terapia no ejerce alguna influencia sobre el cliente. Intentar evitar la producción de efectos al no establecer objetivos claros que guíen su actuación es un error, ya que esta ambivalencia respecto a generar resultados concretos puede llevar a un asesoramiento vago, abstracto y poco efectivo.
Atrincherarse en un lenguaje lleno de abstracciones casi impenetrables no contribuye a construir una terapia eficaz. Conceptos como “múltiples conversaciones”, “producir situaciones imprevistas” o “elaborar lo inexpresado” pueden generar más confusión que claridad. Además, estas ideas tienden a convertirse en listas de principios que supuestamente guían la acción del terapeuta, aunque en realidad lo que el terapeuta dice que hace y lo que realmente hace pueden ser cosas muy distintas.
Esta confusión tanto en la terminología como en la práctica ha llevado a muchos clínicos a evitar enfoques como el construccionista, prefiriendo métodos más operacionalizados y claros en su exposición, como la terapia cognitivo-conductual. Estos enfoques más estructurados y directos resultan más accesibles y aplicables para los profesionales, evitando la ambigüedad y las dificultades de implementación asociadas al construccionismo.
Otro punto importante es que la “terapia como conversación” debe entenderse como una metáfora descriptiva de lo que es la terapia, y no como un mandato o prescripción obligatoria. La conversación no es un instrumento que el terapeuta esté obligado a utilizar, ya que todas las terapias, independientemente de su enfoque, pueden ser analizadas como procesos conversacionales que implican algún nivel de co-construcción entre terapeuta y cliente.
Aunque el construccionista puede ser identificado por su preferencia por la metáfora conversacional, esto no significa que otras estrategias terapéuticas no puedan ser utilizadas según el contexto. Dependiendo de la situación, es perfectamente válido recurrir a foros de opinión, equipos de reflexión, diagnósticos del DSM-IV, considerar explicaciones genéticas del alcoholismo o de la esquizofrenia, e incluso hacer predicciones sobre ciertas problemáticas. Emplear estos enfoques no implica abandonar el construccionismo, sino más bien adaptarse a las necesidades específicas del cliente y del contexto terapéutico. La flexibilidad en la aplicación de diferentes estrategias es compatible con los principios construccionistas y puede enriquecer el proceso terapéutico.
Otro aspecto crucial es evitar caer en lo contrario de lo que se pretende profesar, generando tantas dificultades como las que se critican. Por ejemplo, al romper con la imagen jerarquizada del terapeuta como experto, algunos terapeutas adoptan una postura tan antidirectiva que pueden causar más problemas que soluciones. Sin embargo, para Efran y Clarfield, esta postura blanda y antidirectiva, aunque defendible, no debe identificarse como la esencia del enfoque construccionista.
Lo esencial de la Terapia construccionista no es la pasividad ni la celebración del cambio imprevisto y azaroso, sino su epistemología participativa. Esta epistemología requiere la participación activa tanto del terapeuta como del paciente, con la asunción de responsabilidad por las elecciones tomadas. Un terapeuta construccionista no debe considerar que tiene prohibido tener o expresar preferencias, esperanzas u opiniones. Lo que sí debe evitar es pretender que sus elecciones provienen de un acceso privilegiado a una realidad objetiva externa. La clave está en reconocer que sus opiniones y decisiones son tan válidas y subjetivas como cualquier otra.
Un terapeuta construccionista no puede obviar que su rol de por sí, le determina con un nivel de experto y con una cierta jerarquía, el hecho de que el encuentro terapéutico tiene lugar en el terreno del terapeuta y sea pagado, implica de por sí el establecimiento de una cierta jerarquía en nuestra sociedad.
El debate sobre la neutralidad del terapeuta
Finalmente, los terapeutas quieren huir de la jerarquía generando una postura totalmente neutra, idea falaz por sí misma, ya que no existe la neutralidad, y el hecho de asumir que su cliente quiere un terapeuta neutral sin consultar esto nunca con el cliente, está dejando ver a todas luces una posición jerarquizada, no habitual, distinta pero nuevamente jerarquizada. La pretensión de neutralidad ya obvia toda neutralidad. La neutralidad es una quimera y actuar como si todas las opiniones son iguales y como si los terapeutas no tuvieran preferencias es socavar la base misma del intercambio franco que debe existir con los clientes.
La flexibilidad del Enfoque Construccionista
Volvemos a la idea expuesta en el tercer párrafo con el que inicié esta sección. Las técnicas utilizadas en la Terapia construccionista son tangenciales; no se puede prescribir que esta terapia deba incluir un número determinado de observadores, que sea esencial contar con un equipo de reflexión, o que siempre se deban usar cartas para desarrollar el proceso de reflexión. Tampoco se puede afirmar que el interrogatorio circular o reflexivo—donde cada miembro de la familia comenta por turno las reacciones de los demás—sea siempre útil. Seguir estas prescripciones estrictas solo señalaría el triste triunfo de la técnica sobre el contenido.
Para que la terapia sea eficaz, debe recrearse continuamente dentro del contexto de interacción. La técnica o pregunta que en una ocasión funciona exitosamente, en otra puede no servir para nada (Efran y Clarfield, 1996). Para Efran y Clarfield, el construccionismo no es un nuevo tipo de terapia ni un conjunto de técnicas reunidas de manera caprichosa. Es un contexto dentro del cual se puede aprehender y moldear el contrato terapéutico, elaborando diseños mejores y más claros para la interacción entre el cliente y el terapeuta.
Pero, sobre todo, y aquí resulta especialmente relevante la postura de Efran y Clarfield, la psicoterapia no debe ser vista como un conjunto específico de procedimientos, sino como una forma de educación. Aunque difiere de las prácticas educativas tradicionales en nuestra cultura, esencialmente persigue el mismo fin.
Mientras que los objetivistas podrían afirmar que la terapia se encarga de reparar el “motor emocional”, mejorar la salud mental o eliminar el pensamiento irracional, los construccionistas, en cambio, la conciben como un proceso educativo. Este proceso se desarrolla dentro de los términos establecidos en un contrato entre maestro y alumno, donde el objetivo principal es organizar la manera de vivir y mejorar las satisfacciones de la vida.
El medio natural de la terapia, al igual que en la mayoría de las actividades educativas, es el lenguaje. El contexto en el que se lleva a cabo es fundamentalmente filosófico, no médico, y se enfoca en la construcción de significados y experiencias en lugar de limitarse a una función curativa.
Finalmente, Efran y Clarfield sugieren que la clave para el cambio terapéutico está en un proceso denominado Interacción Ortogonal, término originario de Maturana y que se ejemplifica de la siguiente manera: si un mecánico advierte que el coche que conduce no funciona bien, se detiene, saca la bujía, ajusta la abertura con una herramienta y vuelve a ponerla en el motor. Como consecuencia de ese leve cambio en la estructura de la bujía, ésta desempeña su papel de un modo diferente y todo el sistema funciona mejor.
La interacción entre el mecánico y la bujía era ortogonal (perpendicular) respecto a lo que habitualmente sucede con la bujía como elemento constitutivo del motor. Una vez modificada, la bujía se relaciona de un modo distinto con los otros componentes del sistema y este funciona mejor. Los terapeutas y otros educadores están en situación de actuar ortogonalmente sobre los sistemas de sus clientes y de modificar las formas de interrelación de sus sistemas. Como podemos intuir, la interacción ortogonal implica un nivel de jerarquización, un objetivo y una capacidad de influencia del terapeuta, que los construccionistas radicales no estarían dispuestos a aceptar, pero para estos autores, ello no impide que sigan siendo construccionsitas.
Como vemos, este modelo es muy sistémico, pues la solución siempre implica una contradicción aparente y la única forma de salir de ella es abarcando un contexto más amplio para ver el problema desde afuera, con un nuevo marco -más amplio que permita incorporar antiguos elementos positivos a las nuevas organizaciones de la relación. Por ejemplo, muchas veces una persona se muda para vivir separada de su familia, pero vuelve a su hogar todos los domingos para la cena familiar como de costumbre.
Conclusiones sobre la Terapia Construccionista
En definitiva, aunque las ideas de Efran y Clarfield son sugerentes, muchos construccionistas podrían considerar que no hacen plena justicia al movimiento en gestación. Esto deja en claro que, aunque el posmodernismo ha comenzado a incursionar en las esferas de las ciencias sociales y aplicadas, como la psicoterapia, aún es prematuro afirmar que se ha articulado como una postura totalmente coherente y clara.
Esta afirmación se refleja en la advertencia de Gergen, uno de los teóricos más importantes del construccionismo social, quien señala que muchos terapeutas que se autodenominan construccionistas aún no han alcanzado una comprensión plena del enfoque. Según Gergen, el desafío final de la terapia no es sustituir una narración impracticable por otra más útil, sino permitir que los clientes participen activamente en el proceso continuo de creación y transformación del significado. Una vez logrado este objetivo, es crucial evitar quedarse atrapado en lo que Gergen denomina la reconstrucción narrativa individual, es decir, la fijación en una única interpretación, en lugar de continuar explorando y construyendo nuevas formas de entender la experiencia.
Más allá de la Reconstrucción Narrativa
La terapia posmoderna debe ir más allá de la simple reconstrucción narrativa individual, ya que el verdadero valor de la narración se manifiesta en el contexto del intercambio social. Dentro del construccionismo, las narraciones tienen un papel fundamental: crean, sostienen o modifican mundos de relación social. Por lo tanto, es insuficiente que cliente y terapeuta trabajen en un contexto terapéutico aislado, como si estuvieran en una urna de cristal, desarrollando una nueva forma de autocomprensión que parezca realista, estética e inspiradora dentro de la díada terapéutica.
Lo que realmente importa no es la danza de un nuevo significado dentro del contexto terapéutico, sino si esa nueva forma de significación es útil en el ámbito social, fuera de los confines de la terapia. La eficacia de una narración se mide por su capacidad para traducirse en acciones nuevas que permitan enfrentar relaciones antiguas y generar un cambio en el sistema, superando la situación que anteriormente se consideraba problemática. En otras palabras, el éxito de la terapia posmoderna reside en su impacto en la vida real del cliente, donde la narración transformada debe poder influir en su entorno social y generar mejoras tangibles.
El discurso construccionista/posmoderno es provocativo, nos llama a la reflexión sobre antiguas supuestas verdades en el accionar de la psicoterapia y esto debe ser tenido en cuenta por todos los que en verdad se preocupan por saber si su accionar profesional es realmente eficaz o solamente responde a necesidades puntuales y respuestas miopes, vestidas del ropaje del lenguaje intrincado y objetivo que supuestamente la defienden de toda invalidez.
¿Tiene Sentido la Terapia?
¿Tiene algún sentido la terapia? La terapia solo tiene sentido si genera resultados reales en la vida de las personas y en los sistemas sociales a los cuales pertenecen. Si no logra este impacto, corremos el riesgo de perpetuar los mismos males de los que nos quejamos diariamente. El discurso provocativo del construccionismo social es relevante y merece nuestra atención, aunque aún no sabemos si prevalecerá en la batalla de los paradigmas, ni conocemos completamente sus consecuencias para nuestra cultura y la ciencia.
Sin embargo, su presencia es innegable y es valioso escuchar algunas “verdades” que preferiríamos no enfrentar y abordar las inquietudes que intentamos ignorar. Tal vez, en el fondo, todos nos sentimos atraídos por la idea de que la realidad no es tan sólida como pensábamos. Más allá de esto, el discurso de la terapia posmoderna, fundamentado en la ética de la participación, promueve una postura crítica que nos permite tomar conciencia de las relaciones de poder que se ocultan dentro de los “supuestos de verdad” de cualquier discurso social, incluida la terapia misma.
En resumen, la terapia tiene sentido en la medida en que facilita un cambio real y crítico, ayudando a las personas a reconocer y desafiar las estructuras de poder que influyen en sus vidas, y promoviendo una participación activa en la construcción de nuevas realidades sociales.
Tal vez, la paradójica frase de Whitehead tenga más sentido que cualquier otra: “todas las verdades son verdades a medias”.
Andersen, T. (1996). Reflexiones sobre la reflexión con familias. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
Anderson, H. y Goolishian, H. (1996) El experto es el cliente: la ignorancia como enfoque terapéutico. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
Cecchin, G. Construcción de posibilidades terapéuticas. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
Efran, J.S. y Clarfield L.E. (1996). Terapia construccionista: sentido y sinsentido. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
Epston, D.; White, M. y Murray, K. (1996). Una propuesta para reescribir la terapia. Rose: la revisión de su vida y un comentario. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
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Hoffman, L. (1996). Una postura reflexiva para la terapia familiar. En: McName, S. y Gergen, K. (1996). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
Kuhn, T. S. (1981). La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica.
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Pacheco, R. C., & Ceberio, M. R. (2022). Constructivismo y construccionismo social en psicoterapia. Editorial El Manual Moderno.
Picó, J. (1992). Modernidad y Postmodernidad. Madrid: Alianza Editorial.


El artículo tiene la virtud de exponer un tema complejo de forma clara y sencilla, reconociendo que la obra de Gergen, «el yo saturado» es en sí bastante extensa como para resumirla en un artículo. Por otra parte, la obra de Goolishian y Anderson, «Conversación, lenguaje y posibilidades» es bastante más compleja para reducirla solo a un párrafo y de forma adicional, sugerir que la visión posmoderna se quedara en «bla bla bla» le resta mérito al mismo artículo, pues los trabajos de figuras como Tom Andersen y el concepto del equipo reflexivo o la terapia narrativa de Epston & Withe, con sus técnicas sumamente inherentes a su marco epistemológico (como la externalización, por mencionar un ejemplo) no son ni remotamente mencionados. Tocar estos modelos se hace, creo esencial, sobre todo por las reflexiones de estos autores en sus diferentes obras y los ejemplos de aplicación práctica que exponen en sus diferentes libros
Me encanta su publicación, espero me aceptes en la suscripción. Saludos!
Muy buen texto. Estoy muy de acuerdo, en que la ausencia de jerarquía es imposible. Bajo mi punto de vista, toda terapia efectiva tiene que ver con las expectativas que el terapeuta tiene sobre la persona y sobre la capacidad del cliente de expresar emociones que no puede expresar en otros entornos de su vida. La posición de experto del terapeuta, en ocasiones, puede ayudar a clientes atascados en una nube confusional.
El artículo me parece muy bueno, pues trata de condensar en pocas líneas lo que sería el construccionismo social. Quisiera saber si el autor puede responder a la siguiente observación y pregunta: en el caso de los Asistentes Sociales, que no trabajamos la terapia, pues no es nuestro campo, pero que igualmente incorporamos como elemento primordial el relato que hacen los sujetos de atención respecto de la «situación -problema» (ejemplo : un delito), cuáles serían los principales aspectos a tomar en consideración en el relato;cuáles serían las fases en el relato, pensando en varias entrevistas. ¿Tiene relación con las teorías psicodinámicas en el sentido de las técnicas que se utilizan durante el relato?; ¿en qué momento se puede establecer que el relato contiene todos los significados necesarios para efectuar la resignificación del hecho o este se desarrolla a la par del relato ?
No, no tiene relación con las teorías psicodinámicas, pues epistemológicamente hablando son mutuamente excluyente, pues mientras una habla de estructura psíquica y aspectos ontológicos, la otra es relacional. Sobre las técnicas, puedes encontrar formas de preguntar muy interesantes en el libro «Guía para una terapia familiar sistémica» de Michael Withe, ed. Gedisa.
Me parece bueno, pero creo que a la vez me deja dudas con las sutilezas entre el constructivismo y el construccionismo, ya que las enmarcan juntas en un paradigma postmodernista. A mi parecer, creo que sería interesante exponer la narrativa desde el punto de vista construccionista y constructivista, porque las sutilezas hacen la diferencia.
En el libro «Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad» de editorial Paidos, encontrarás un capítulo escrito por Saul Fuks en donde explica de forma muy clara y sencilla la diferencia entre construccionismo y constructivismo.